Las oficinas centrales de Google están situadas en una pequeña localidad ubicada en pleno corazón de Silicon Valley (California). Tim Bray, un nuevo fichaje de Google, se ha animado a contarnos al resto de los mortales que nunca trabajaremos en Google, cómo es un día convencional en una de las empresas más codiciadas de todo el mundo, a través de su blog.
Suena el despertador en el ‘apartamento Google’ que Bray comparte con otro trabajador de la casa, un checo que trabaja en ‘Seguridad de datos’. Google cuenta con una política paternalista en la que se mima al trabajador hasta el extremo de buscarle alojamiento en apartamentos propiedad de la compañía en la zona. Según Bray, “los apartamentos son confortables pero no tienen mucha personalidad”.
Tras haberse aseado, Bray sale de casa, dispuesto a coger uno de los autobuses (también de Google) que lo llevan al Googleplex, como se conoce al complejo que ocupa la sede central de la compañía. No se trata de un bus cualquiera: los de Google tienen WiFi para no desperdiciar un solo momento. Así que aprovecha el trayecto para atender a varios correos y resolver algunos asuntos urgentes antes de llegar a la sede.
Pero antes de adentrarse en el trabajo puro y duro, nuestro hombre se pasa por la cafetería de Google para desayunar. Un desayuno “perfectamente aceptable” compuesto por un trozo de bacon, fruta fresca, unas patatas fritas y un cafecito de Google amenizado con una música alegre. En la nómina de todos los trabajadores se incluye comidas y bebida a discreción, así como todo tipo de entretenimiento. La empresa sigue la filosofía paternalista de mantener feliz al trabajador y parece que le sale muy rentable.
Hay que recordar que Google permanece siempre en los puestos más altos entre las empresas deseadas entre los aspirantes a trabajar. Larry Page y Sergey Brin -fundadores de la compañía- lo dejaron claro: “no somos una compañía convencional ni pretendemos serlo”. Google quiere trabajadores felices y obtener rédito por ello. Todos los empleados de la compañía pueden dedicar un 20% de su tiempo de trabajo para desarrollos propios, y no crean que estos proyectos caen en saco roto: muchos de los productos que ahora disfrutamos de Google son fruto de estos estudios.
El ambiente de ‘relajación’ que se respira en la sede es evidente. Es una forma de trabajo a la que no estamos habituados a este lado del Atlántico. Algunos trabajadores llevan sus mascotas al trabajo, mientras otros alternan las intensas horas de trabajo con un partido de baloncesto o cualquier otro deporte en las múltiples canchas que se encuentran en las instalaciones. El trabajador tiene todo lo que necesita dentro de los límites de la empresa y si tiene necesidad de salir de ella es por una pura cuestión de oxigenación. La empresa ofrece de todo para que el trabajador se sienta a gusto, hasta el punto de contar con un masajista si alguno de sus empleados sufre alguna contractura por estar demasiadas horas frente al ordenador.
A nuestro protagonista le esperaba una jornada laboral llena de ‘meetings’ y un ambiente laboral altamente competitivo (recordemos que entrar en Google no es nada fácil y se escoge a los números uno de cada materia), hasta que por fin el reloj marca las 18h30. Y alguien dice: ¡Hora de cenar!. En Google, claro está. Y los trabajadores se reúnen ante la inclinación del sol de California para tomar algo. Una hora más tarde y un poco saturado por el mundo Google, Bray decide airearse y abandona el complejo para tomarse una cerveza pseudo irlandesa y ver el partido de béisbol en un bar ajeno a la gran G. Eso sí, mientras la saborea, lee el correo GMail en su móvil de Google, antes de tomar el Google-bus que le llevará de vuelta al apartamento de la compañía.

